V de Valencia

-Cielos, cómo brilla hoy el valle.
La punta de la lengua se le retorcía envolviéndole el labio superior en señal de sumo esfuerzo, mientras arrugaba el ceño canoso y con los ojos casi cerrados de pura concentración deslizaba despacio el lápiz para dibujar con fuerza la "s" de "cielos" sin salirse de la pauta.
-Qué bien Dolores. Siga así.
Las gafas le resbalaban nariz abajo al concentrarse en cada nueva palabra.
-¿Hoy el...?
-Valle.
Pensativa, paró un segundo para secarse la frente con su pañuelo bordado.
-¿Con la de Valencia?
-Con la de valentía y voluntad -le sonrió él enternecido.

Movimiento Pasivo

Un blog reivindicativo. Que ya tocaba!

http://movimientopasivo.blogspot.com

Largas colas para estudiar un idioma

A mí que nadie más me diga que los jóvenes catalanes no tienen interés por aprender un idioma, porque lo que he vivido hoy ha sido a-lu-ci-nan-te.

Yo era estudiante de la EOI Vall Hebron, donde era muy feliz, tenía la mejor profe del mundo y donde hubiera continuado si no fuera porque el único horario que ofrecían para mi nivel coincide plenamente con mi horario laboral. Este año necesitaba ir a clase por la mañana.

Me matriculé en Vall Hebron porque cuando lo hice aún no tenía trabajo. Pagué los 200€ q cuesta el curso porque si no los pagaba al día siguiente de hacer la matrícula perdía la plaza. Y una vez hube pagado, al cabo de una semana, tuve trabajo y me encontré con que el horario era incompatible.

Yo había sido precabida, no os penséis, y me había preinscrito en Drassanes como nueva alumna pensando que quizás tenía q cambiarme. Pero resulta que en Drassanes no me habían admitido. Y me encontré en la siguiente situación: había pagado 200€ por un curso al que no iba a poder asistir.

Por suerte, una compi del año pasado (súper Imma!) estaba en la misma situación que yo y se puso en contacto con la EOI Drassanes, exponiéndole nuestro caso. Allí le dijeron que no teníamos ningún tipo de preferencia, y que debíamos esperar a q se matriculara todo el mundo y acudir cuando hicieran la "repesca", es decir, las ultimísimas plazas que sobran. Y rezar para q quedara alguna de lo q nosotras queríamos. En caso de no encontrar plaza, podríamos renunciar a la matrícula por motivos laborales pero seguir beneficiándonos del trato de "antiguo alumno". Qué majos, oye. Eso sí, el dinero ya lo habíamos visto. ¡¡Mis 200€!!

Pero a ver, como dice Marga...¿esto no es ilegal? Y tiro piedras contra mi propio tejado, ya lo sé, pero es que estaba pagando por algo que no iba a poder hacer! Qué política de mierda es esta de "tú paga para asegurarte una plaza. Después ya veremos qué hacemos contigo".

Tenemos que ir muy pronto, me dijo Imma, que se montan unas colas que no veas, la gente se queda a dormir y todo.

Bah, no puede ser para tanto, pensé. ¿De verdad la gente está dispuesta a dormir en la puerta de la escuela con tal de conseguir una plaza?

LO ESTÁ. Nosotras habíamos quedado a las 7.30h de la mañana. Ya me parecía súper friki, levantarme a las 6 para ir a mendigar una plaza de algo que ya he pagado. ¡Qué tercermundista! Pues bien, al llegar allí me quería morir.

Tenía unas 150 personas delante y aquello parecía un concierto de Bruce Springsteen. Algunos dormían con mantas en el suelo. Otros se habían llevado la silla de cámping. Otros la guitarra, las cartas, los bocatas. Era medio de noche y tot plegat era muy, muy deprimente. Yo no salía de mi asombro. Esto no ha salido jamás en ningún medio, y me parece tan patético! No me digáis que no hay mil maneras de hacerlo!

Hemos hecho unas 3 horas de cola y finalmente nos hemos podido matricular. Hemos tenido suerte porque no hay demasiadas personas q quieran cursar cuarto de alemán por las mañanas, pero he visto gente que hacía esas horas de cola esperando pillar la única vacante que quedaba para un curso de inglés y se volvía a casa sin nada, o gente que se matriculaba a lo que quedaba libre cuando les tocaba el turno. ¡Que yo también lo hubiera hecho! ¡Me veía haciendo primero de portugués!


Y la pregunta que podemos hacernos después de esta experiencia es: ¿dónde está Cuní cuando más se le necesita?

Los Dioses de Sábol

Sábol no era un lugar como otro cualquiera. Era tan pequeño que todos sus habitantes se trataban como si fueran familia, tanto que cuando uno se hacía mayor aprendía que a quien había llamado "tío" toda la vida en realidad no lo era, pero aun así, nunca dejaba de llamarlo "tío".

Entre tíos, primos y demás familiares postizos tenían su palacio los Dioses de Sábol. Éste estaba justo al final del reino y para llegar había que atravesar la calle principal, recorrido que pese a ser corto podía durar horas, ya que no estaba permitido, por decreto real, cruzar la avenida sin parar a saludar a todos y cada uno de los vecinos que salían a tu paso. Así, era muy frecuente tener que parar en la entrada, donde había quien salía en busca de conversación mientras simulaba esperar un autobús. Allí podía hacerse de noche mientras unos y otros arreglaban el mundo y vigilaban curiosos quién entraba y salía de Sábol. También habría que pararse en la cantina, donde tanto se podía comprar un cartón de leche como tomarse un vino, jugar a cartas o gozar de un privilegio que sólo allí tenían: el teléfono, un artilugio bastante moderno cuyo consumo se medía en "pasos" que se iban marcando en un contador oculto tras la barra y que indicaban a tu tía en cuestión cuánto debías pagarle una vez terminada la llamada. Y cuando colgabas, mientras buscabas el dinero, ella y todos los tertulianos allí reunidos comentarían contigo la conversación que acababas de tener y que habían escuchado con suma atención, pues en Sábol no existían ni la intimidad ni los secretos.

Y podías seguir parándote en muchos otros lugares antes de topar con las puertas plateadas del palacio. En el horno, por ejemplo, que te haría abrir el apetito con su olor a pan recién hecho, o en la Fuente Aruom,la más famosa, la que daba el agua más fresca que jamás habías bebido.

Era un palacio grande, antiguo y sencillo levantado años atrás con mucho tesón y pocos posibles con la idea de que durara toda una vida. Desde el exterior de la muralla que lo rodeaba podía verse la escalinata irregular de piedra inhóspita que subía y desembocaba en una galería larga y estrecha, también de piedra, que servía para comunicar todas las estancias de la parte superior mientras hacía las veces de mirador oficial del reino, desde el que observaban y eran observados, en sus quehaceres cotidianos, los Dioses de Sábol. En la parte de abajo, invisible al visitante sin abrir las puertas plateadas, se encontraba el enorme patio gris que antaño había servido de refugio para soldados durante la devastadora guerra civil del agua.

Cuenta la leyenda que los Dioses renunciaron a toda clase de poderes sobrenaturales. Quisieron ser llamados dioses pero no por ello ser superiores a nadie. Quisieron ser mortales, trabajar duro y vivir de forma humilde y cercana a todos los habitantes de su reino. Labraron tierras, criaron animales, viajaron y trabajaron para buscarse la vida, dejando siempre abiertas las puertas del palacio para quien quisiera entrar. La casa del tío Dios, así es como todos lo llamaban.

A cambio de tan loable actitud se les concedió un deseo: podrían regalar un don a cada uno de los hijos que tuvieran. Sólo uno, bien buscado, para cada hijo. Un poder que formaría parte de sus caracteres y de sus vidas para siempre y que, por tanto, no sería fácil de elegir. Un gran poder, dicen en Sábol, conlleva una gran responsabilidad.

Los Dioses tuvieron cinco hijos, tres chicas y dos varones, y tardaron muchos años en decidir con qué dotarían a cada uno de ellos. No quisieron precipitarse y dejaron que crecieran para poder tomar la decisión adecuada. Los niños nunca supieron nada, ni siquiera que sus padres eran dioses de verdad. Siempre pensaron que era un apodo que tenía que ver con su apellido.

Los tiempos cambiaron deprisa y Sábol empezó a hacerse pequeño para todos. Sus habitantes soñaban con vivir en una gran ciudad donde pudieran ganar dinero, tener su propia casa y ¡hasta su propio teléfono! y una a una fueron vaciándose las casas de los tíos que nunca lo fueron. ¡Ay, si los Dioses lo hubieran sabido! Tal vez no habrían renunciado a sus poderes y habrían dispuesto que todo se quedara tal y como estaba, que a nadie le pudiera el ansia y que entre todos lucharan para que Sábol fuera siempre el que era entonces. Pero ya habían renunciado a su condición y sólo había algo de lo que podían disponer.

La primera en marcharse fue la hija mayor. Por vez primera sintieron los Dioses que su familia no estaba completa y tan duro fue notar su ausencia que inmediatamente supieron qué don regalarle:la hospitalidad. Estuviera donde estuviera, viviría para reunirlos a todos bajo su techo. No fue de extrañar que, años después, todos los miembros de la cada vez más numerosa familia se reunieran en casa de ella a saborear sus platos, pues aunque éste no había sido un regalo divino, también contaba con el don de la buena cocina.

Los tres hermanos menores no tardaron en seguir sus pasos hacia la gran urbe. ¡Qué difícil era buscar una nueva vida! ¡Cuántos problemas, cuánta añoranza, cuántas cosas que aprender! Para ellos reservaron sus padres tres de las mejores cualidades que una persona puede desear: la alegría, la confianza y la sabiduría. La segunda de sus hijas sería conocida por su risa y tuvo siempre, a pesar de las dificultades, una carcajada a punto y el mejor sentido del humor. Nunca hubo nada ni nadie que la derribara, ni el más grande de los problemas. El tercer hijo confiaría tanto en sí mismo que haría sin darse cuenta que todos confiaran en él, por lejos que estuviera, ante la menor complicación, porque sólo él desprendía y contagiaba esa seguridad que todos necesitamos. La cuarta no sólo fue la hija más sabia por las ganas que tuvo siempre de aprender, sino también la más responsable y precabida. Sus sabios consejos llegaban siempre puntuales a quien los necesitaba y sus días parecían estirarse para llegar a todo, para cuidar de todos.

Ya sólo fataba el don del más pequeño, y fue ésta para los Dioses la decisión más complicada, pues debieron tomarla en el momento en que ellos mismos, junto a su benjamín, abandonaban Sábol y su palacio para probar suerte en la ciudad. Y fue difícil porque el niño no parecía necesitar nada. Era feliz en Sábol y demasiado joven para entender por qué querían sacarlo de allí. Iba a la escuela, jugaba en el monte con sus amigos y no tenía, por aquel entonces, ninguna preocupación por su futuro laboral. Él quería quedarse para siempre, ¡para siempre jamás! decía entre llantos.

Al escucharlo, los Dioses se entristecían y al mismo tiempo se emocionaban. Qué bonito, pensaban, que ame tanto el lugar en el que ha nacido y que se marche de aquí lo bastante pronto como para no aborrecerlo. Y tan bonito les pareció que desearon que nunca se le acabara ese sentimiento, que fuera siempre el niño que entonces veían. Fue así como le dieron la magia.

Fue el mejor de los magos. Sus trucos atraían a los niños porque él siempre fue un niño, y no hubo nunca nada ni nadie que le hiciera perder su amor por Sábol. Volvía allí cada verano. Con sus padres, con sus hermanos, con su esposa y su hija...Crecía sin hacerse mayor y no perdía nunca las ganas de volver. Pero Sábol parecía condenado a desaparecer. Se convertía poco a poco en pueblo fantasma y él se moría de pena al verlo. Muchas veces pensó en comprarse una casa cerca de allí y mudarse con su familia. ¡Incluso tenía convencidos a sus hermanos! Pero nadie se decidía. Al final todos concluían que allí no había nada y que existían mil lugares mejores en los que comprar una casa. Y quizás no les faltaba razón, pero el hijo era insistente. Más que insistente...¡era mago! Así que sólo tuvo que pensar en un buen truco. Y confió en que sería posible, meditó sabiamente un buen número y entregó la moneda dorada al quiosquero. Un toque de varita y ¡chas!

Nadie recuerda cuánto dinero ganó el hijo pequeño con ese boleto de lotería ni cómo se lo montó para comprar el pueblo entero y construírlo de nuevo con el mismo encanto que tenía cuando él lo abandonó. Con la misma alegría y la misma hospitalidad que hacen que hoy sea el pueblo más visitado de la comarca. A él acuden cada verano no sólo los que allí crecieron, sino miles de turistas de todos los lugares del mundo que con sus cámaras de fotos inmortalizan las calles empedradas, el horno, las fuentes de agua impecable. Puede que ellos no tarden tanto en cruzar la calle principal, pero seguro que al llegar se detienen en la entrada, donde una enorme placa plateada dice con letras grabadas: Bienvenidos a Sábol...¡para siempre jamás!

¿La ciudad que nunca duerme?

Ayer no quise llevarme el coche. "Allí es difícil aparcar", me dije, y como parece q voy a empezar el curso en paro paso de pagar un parking, así que vayamos en tren. Error. En cualquier ecuación RENFE siempre es igual a error.

No sé en qué momento deduje sin mirar horarios que el último tren de un viernes por la noche de una capital de comarca debería pasar, como mínimo, a las 12. Cuando vi que la pantalla mostraba en su última línea las 23.16h pensé que, obviamente, las teles de la estación no iban bien. En los tres años que llevo cogiendo trenes las teles no han ido bien ni un puñetero día pero ayer, mira tú por donde, funcionaban. Esto no puede ser. Que sí, que son las doce menos cuarto, no tenemos trenes. Que no. Mira, ahí llega uno. Corre. Correeeeee. Qué calor. Qué sudor. Qué asco de Renfe.

Del tren bajaron almenos doscientas personas, pero no subía ni Dios. Así que, esperanzada, me dirigí a un hombre con chaleco amarillo (eh! Que si las teles funcionaban, quién sabe....). El hombre dentro del tren, yo fuera.

-"Hola, perdona, ¿para ir a Cerdanyola hay trenes?
-"Uy, te has pasao de parada"
- (buffffffffff) "No me he pasado. No he bajado de este tren. Quiero coger uno desde aquí"
-"Ah pues...."

Y suena el piiiiip, se cierran las puertas, arranca el tren y se queda el chaleco amarillo gesticulando dentro y yo con cara de idiota en el andén. Como os lo cuento. Me hace señas de que espere mientras se aleja. Ah, si quiere que espere es porque quiere explicarme la manera de ir a Cerdanyola, qué majo. Error.¡¡Siempre error!! De repente el tren para y yo corro a buscarlo como si fuera mi amado volviendo de la guerra.

-"Perdona"
-"Nada hombre"
-"Pues mira, que el último tren era a las once"
-.....(Caloooooor, calooooor, calooooor) "Ya lo he visto ya...¿y para ir a Cerdanyola entonces?
-"Ah, ¡pues los ferrocarriles! Mira, saliendo de la estación bajas la calle y todo..."
- (Tapándome los ojos: Soy de Cerdanyola y no tengo ferrocarriles) "Es que allí no llegan..." (puto alcalde, ¿por qué no solicitas una parada de ferrocarriles?).
-"Ah no?"
-(Grrrrrrrr) "¿Algún autobús?"
-"Mira, los chavales que a veces van a la discoteca a Barcelona cogen los buses en una gasolinera que hay aquí mismo saliendo de la estación, pero yo sólo sé que a veces he visto chavales, que yo es que de buses no te puedo decir, que yo soy de trenes...
-"Gracias" (MIERDA).

Punto número uno: no quiero ir a Barcelona. Punto número dos: los autobuses no se cogen en las gasolineras. Punto número tres: no tengo ganas de que me atraquen, gracias.

¿Y ahora qué hacemos? Mira, un taxi...Ni de coña, que nos va a costar una pasta. Tiene que haber algo. El taxista fijo q lo sabe.

Y allá que vamos caminando calle abajo por tercera vez en un mismo día. Míralo por el lado bueno, paseando quemamos el postre. En Cuenca estaba la estación de autobuses. Pero ¿cómo la íbamos a encontrar si allí no respiraban ni los ratones? Nunca he visto algo tan muerto. Dos autobuses aparcados, todas las puertas cerradas, ningún tipo de información, ni una luz, ni un maldito póster que te dijera qué podías coger para volver a tu casa!! Pero vaya mierdaaaaaaaaaaa de sitio!!!!

Y en esto que pasó un coche de la policía local. Y yo, desde la acera, le hago señas para que pare. ¡Que para eso están al servei del ciutadà, tú!

- "Holaaaa... Perdona... ¿Sabes qué puedo coger para ir a Cerdanyola?"
- "Sí, claro, mira..."
- (ALELUYA!La policía no es tonta!)
- "Coges la C58 aquí...."

Oye de verdad, ¿dónde está la cámara?. ¿Me ves con cara de ir haciendo footing por la autopista? ¿Me ves en coche? ¿eh? ¿Ves mi coche? Nooooo, porque he dejado mi coche en casaaaaaaaa ¡¡¡JODEEEER!!!

Los taxistas, que seguro que son bellísimas personas y tienen bellísimas familias, suelen tener un defecto: te hablan. No hace falta ser muy avispado para darte cuenta de que si una persona te contesta con monosílabos NO QUIERE HABLAR CONTIGO. Pero un taxista nunca tira la toalla.

- A Cerdanyola (GRRRRRRRR).
- Pues muy bien ($$$$$$)... Esta parada de taxis es nueva, ¿la conocíais?
- (No. No. No quiero. No me importa. Quiero irme a mi casa) No.
- Ya me lo ha parecido, que os he visto así como perdíos, digo estos seguro que no son de por aquí, que andan perdíos.
- Pues sí.
- Hace un calor que no veas eh!
- (Pues pon en puto aire y cállate) Sí.
- Aunque en Barcelona hace más, ¿verdad?
- (Vale, me rindo. ¿Quieres hablar? Pues vamos a hablar) Sí. La verdad es que hemos estado a punto de ir, a Barcelona digo, con los ferrocarriles, a plaza Catalunya para coger un bus que nos llevara a casa, porque menuda mierda de estación de tren y de autobuses que tenéis en Terrassa, ¿no? Que a las 12 de la noche de un viernes no hay manera de salir de aquí.
- Es que es agosto, mira el otro día llevé a un chaval de Sant Cugat que justo le pasó lo mismo y el chaval pues, lo típico, que había venido aquí a cenar con los amigos, ya sabes pues como vosotros a lo mejor, y entonces después fue a buscar el....

Nunca tiran la toalla.

Y como dijo Álex: molaría un mundo en el que pudieras hacer autostop.

Salut!

Va de series

¡Hola! ¡He vuelto! Sé que tendría que haber actualizado el blog durante el verano aprovechando que todos los demás estábais de vacaciones, como hace la panadería de debajo de casa para ganar clientela. Pero soy demasiado perra, y, con todo el cariño del mundo, no pensé en mi blog mientras paseaba por Manhattan. Me hubiera encantado explicaros el cúmulo de sensaciones que me produjo visitar Nueva York, pero me temo que eso hay que escribirlo en caliente, así que como pienso volver, lo haré cuando toque. (Pero buffff....qué pasada, qué pasada, qué pasada).

Seguramente para sorpresa de la mayoría de mis amigos, hoy quiero hablar de series (para algo descubrí hace poco que soy la santa patrona de la tele). Os voy a hablar de dos, una porque me gusta, la otra porque me asusta.

Que me asuste a mí algo de la tele, que suelo entretenerme con bastante distancia y filosofía con cualquier tipo de telebasura (léase Grandes Hermanos, Operaciones Triunfos y demás) es difícil. Pero es que estos días estoy en baja forma. A días de que me destinen a mi nuevo trabajo, tengo pesadillas, sudores fríos por la noche imaginándome frente a una clase de adolescentes llenos de piercings cuya única obsesión es hacerme la vida imposible. Estoy a-co-jo-na-da. Entonces, con ánimo de aprovechar las pocas sobremesas de vagueo que me quedan antes de la tortura, decidí seguir la reposición que Antena Neox hace a mediodía de la serie Física o Química. Pensé: a ver qué series miran los adolescentes de hoy en día. Oh sí.

A ver, hay que verlo. Hay que verlo para poder cagarse en todo. Que actores de 30 años encarnen a niños de 17 es algo que ya no debería sorprendernos, almenos a los que crecimos viendo Sensación de Vivir o Al Salir de Clase. Pero hablemos de ese fiel reflejo de la realidad que nos venden unos señores que se atreven a llamarse a sí mismos guionistas. Para los que no hayáis tenido el placer de verla, la serie es la típica bazofia de un instituto con una clase que está eternamente en el mismo curso, sus profes y los líos que se traen todos ellos. Para empezar, hablemos de sexo. La mayoría de estos chavales tiene una vida sexual activa y de lo más estable, tanto que el otro día marginaban a uno por ser virgen en medio de clase de teatro "fulanito es virgeeeeen, juasjuasjuas". Tan estables son sus relaciones (es lo que tienen los 17) que cuando una pareja no tiene tiempo para "estar juntos" (o sea, follar) porque resulta que él trabaja de noche en una web pornográfica enseñando musculito para poner cachondonas a las mujeres de la edad de sus padres (es un poco más sofisticado q currar de camarero, no lo vamos a negar), la madre de ella les abre las puertas de su hogar para que puedan echar un polvo a gusto. Pero no penséis que los chicos le echan morro, pobrecitos, que ellos le dijeron a la madre que iban a pagarse un hostal para no molestar a nadie, fue ella (que además es directora del colegio donde estudian) quien prefirió que se ahorraran el dinero para otros caprichitos (que los porros van muy caros, oiga). Y con esta confianza, pues es normal que a la mañana siguiente la madre se cruce al niño-actor-porno en gallumbos en la cocina preparándose un vaso de leche. No es de extrañar que la pobre niña en cuestión intente suicidarse al final de la temporada, cuando descubren que es anoréxica y bulímica (¿qué serie de adolescentes que se precie no tiene algún personaje anoréxico?),que su madre visita la web porno en la que trabaja a escondidas su novio y que su ex, el chulito del instituto, se mete pastillas por doquier y está implicado en la oscura muerte de Isaac, el compañero de clase que se tiró a la profesora de filosofía.

No me llaméis carca por Dios, pero si esto es lo que siguen los adolescentes de hoy en día, yo me quiero morir. Creo que cuando tenga un hijo tiraré la tele por la ventana.

Y ahora la que me gusta: Friday Night Lights. Si os digo que es una serie que va de fútbol americano, pensaréis que me he vuelto loca. Pero es que aunque lo parezca, en realidad no va de fútbol americano, salvo el capítulo piloto, que es un poco coñazo. El fútbol es el hilo conductor para presentar un culebrón con un montón de personajes hiper-desgraciados y sus vidas yankees en un pueblecito de Texas. Creedme, que a mí me cuesta mucho esto de pasar un domingo por la tarde frente al DVD, está muy bien. (Marta, es una buena opción para pasar tus horas de baja ;))

Os dejo parte del capítulo piloto, que aunque sea el que menos me gustó, es necesario para presentar a los personajes.

¡Gracias, Cher!

Un viejo chiste, un gran video.